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| Atleta saltando una valla muy baja. |
En los últimos años, las reformas educativas parecen haber seguido un camino poco acertado: reducir la exigencia. Esto se ha puesto de manifiesto de muchas maneras —recorte de contenidos, evaluaciones más flexibles, criterios de promoción más laxos—, pero en todos los casos la tendencia parece clara: exigir menos. Sin embargo, esta elección no es neutra. Implica consecuencias profundas, no solo en lo académico, sino en la formación de la persona.
Exigir menos en educación secundaria atenta contra la calidad y cantidad de los aprendizajes. Y, como sabemos, menos aprendizaje significa menos conocimiento. Puede sonar de Pero Grullo, pero vale la pena detenerse: el conocimiento no es solo acumulación de datos; es también una herramienta de transformación. Saber más no solo te da poder sobre el mundo externo, sino también sobre tu mundo interno. Te ayuda a pensar mejor, a conocerte más, a descubrir de qué cosas sos capaz.
Cuando un estudiante se enfrenta a un desafío —como resolver un problema difícil, leer un texto complejo, presentar una idea con fundamentos—, no solo está aprendiendo contenidos. Está construyendo confianza, tolerancia a la frustración, capacidad de esfuerzo. Y, sobre todo, está desarrollando su ser.
La educación no se reduce a lo conceptual (lo que sabés), ni a lo procedimental (lo que sabés hacer), ni siquiera a lo actitudinal (tu disposición frente al aprendizaje). Hay una dimensión más profunda: la del ser. Esa que se forma en la experiencia de esforzarse, fracasar, intentar de nuevo y, finalmente, lograrlo. Esa que te permite decir con orgullo: “no sabía si podía… pero pude”.
La exigencia como confianza: el efecto Pigmalión en educación
Este fenómeno, que ha sido ampliamente documentado en contextos educativos, afirma que las expectativas que los docentes y adultos referentes tienen sobre un estudiante influyen directamente en su rendimiento. Si esperamos que aprenda, que crezca, que se esfuerce y lo logre... entonces probablemente lo hará. Pero si creemos, aunque sea de forma implícita, que no podrá, que no vale la pena exigirle, que no tiene capacidad ni potencial, entonces será más probable que esto se cumpla.
| Ilustración creada por la Dra. Maribel Adames Pereira |
Esto se traduce en que la baja exigencia muchas veces no es una muestra de empatía o inclusión, sino de una expectativa negativa disfrazada de benevolencia. Es una forma sutil —pero poderosa— de decirle al estudiante: “no confío en vos”.
Cuando bajamos la vara, no solo estamos enseñando menos; estamos confiando menos en nuestros estudiantes. Les estamos diciendo, aunque no lo expresemos en voz alta: “esto no es para vos”, “es demasiado difícil”, “no vas a poder”. Y eso es, paradójicamente, lo que más daño hace. Porque aprender no solo es incorporar conocimientos: es también construir identidad, descubrir capacidades y formarse como persona.
Educar, entonces, no es solo transmitir conocimientos, sino también sostener con coherencia un mensaje profundo: “Creo que podés, por eso te exijo. Y te acompaño en el proceso”. Esa creencia es, muchas veces, el motor más poderoso del aprendizaje. Y es ahí donde el efecto Pigmalión se transforma en una herramienta ética: esperar lo mejor del otro como una forma de ayudarlo a llegar a serlo.
El conocimiento como libertad
El conocimiento es poder. Sí. Pero también es libertad, dignidad, posibilidad. Y cuando limitamos el acceso al conocimiento en nombre de una supuesta inclusión, de una falsa empatía o quizá forzados por reformas educativas centradas en el mejoramiento de índices de promoción y egreso, y no en aspectos realmente profundos y transformadores de la educación, lo que estamos haciendo es lo contrario: excluir, empobrecer, limitar.
La solución no es volver a una escuela elitista, excluyente, rígida. La solución es exigir con sentido, acompañar con compromiso y sostener con presencia. Porque solo cuando hay desafío, hay posibilidad de superación. Y solo cuando hay esfuerzo, hay verdadera satisfacción.
Educar no es evitarle obstáculos a los estudiantes, sino enseñarles a enfrentarlos. Y para eso, necesitamos volver a confiar en ellos: en su inteligencia, en su capacidad, en su deseo y derecho de crecer. Y también, por qué no, en la educación como camino de formación integral del ser.

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